sábado, 9 de febrero de 2013

Capítulo 21: Rompiendo.

Ryan.

 Qué fue lo probablemente más asombroso de todo de aquel día:
¿Qué Aria despertara con mis palabras?
¿Qué al tan solo despertase soltara una ronca y débil carcajada?
¿O qué yo me sonrojase por aquello?
No lo tenía claro. Tampoco me importaba en ese momento. 
Ahora estábamos allí, cuatro días después de noche y por fin, después de un examén exhaustivo a Aria, la dieron increíblemente la baja al haber insistido más que cualquiera otra persona o paciente, en que la dejaran marchar. 
Tanto mi padre como Dafne, trataban ahora a Aria como una fina muñeca de porcelana. Posiblemente yo, era el único que la seguía considerando persona normal y corriente. 
Pero era cierto, que no podía quitarle el ojo de encima, estaba pendiente de ella en cualquier momento aunque lo disimulaba bastante bien. 
No quería volver a sentir jamás ese nudo en el estómago y ese dolor insoportable de verla allí, postrada en esa cama de hospital, inerte. 
Solo el recordarlo hacía que mi piel se erizase. 
................................................
Aria. 
 Volví a casa. Al fin. 
No es que no me gustaran los hospitales, pero después de pasar una semana, por lo que me habían dicho, dormida en una de sus camas, necesitaba volver a la "normalidad".
Sentir esas pequeñas cosas que mucha gente daba por sentado a diario y que no apreciaban, la simple brisa invernal que congelaba mi nariz, o ese sol, que está ahí, en el cielo pero que no calienta. El olor a chimenea, o la simple lluvia calándome. 
Pero creo que eso iba a tardar... 
Tanto Dafne como Henry no apartaban la vista de mí, me preguntaban todo el rato y estaban pendientes de cada uno de mis movimientos, y eso, que solo estábamos en el coche. 
No quería saber lo que ocurriría cuándo llegásemos a casa y llegara mañana. 
Lo más extraño de todo era ahora mi relación con Ryan, no habíamos hablado, pero los dos sabíamos perfectamente que eran sus palabras las que posiblemente me habían echo volver. 
Unas disculpas, de las que seguramente si le preguntara ahora me diría que no las ha pronunciado. Que no se acuerda de ello. Y solo por orgullo. 
Me sentí bien cuándo al fin entré en la casa, a mi hogar. Respiré profundo, ante tres penetrantes miradas.
¿Qué pensaban?
¿Qué me moriría en aquel mismo instante por respirar aire? 
¿En serio?
Suspiré y comencé a andar, hasta que choqué contra la primera bolsa. 
Giré a mi alrededor, percatándome de las decenas de bolsas que había por la casa. 
¿Pero qué...?
Miré directamente a Dafne que sonreía timidiamente. No fui la única que se dio cuenta en ese momento. 
Una maldición por parte de Ryan, que había chocado contra una de ellas y había esparcido su contenido por el piso, me lo comprobó. 
Miró casi asustado a su alrededor observando cada una de las blancas bolsas que ocupaban el rellano. 
-¿Qué...?- preguntó atónito. Le comprendía, a mi me ocurrió la primera vez. Y sabía que esto, sin duda alguna era causa de Dafne. 
-Siento el desorden- se disculpó en ese momento ella.- Con todo lo ocurrido no me ha dado tiempo a ordenar nada...
Ryan miró desconcertado de las bolsas a Dafne, y de Dafne a las bolsas, mientras su padre soltaba una discreta carcajada. Esto obtuvo su atención. 
-¿A esto te referías cuándo decías que era adictas a las compras?- dijo él señalando a los artículos que se habían caído de la bolsa. 
-¡No soy adicta! ¡Solo me gusta!- protestó esta vez mi madre, mirando a Henry, mientras este me miraba a mi, en busca de ayuda. Solo me encogí de hombros. 
Me apoyé en la pared y contemplé la escena.
..................................................
Ryan.
¿Qué era esto?
Cogí lo primero que se había caído de la bolsa. 
Incienso. 
¿Qué?
Volví a mirar en la bolsa. 
Estaba llena de velas aromáticas, estatuillas de buda, tilas, hierbas e incienso... Incienso, y más incienso.
Todas y cada una de ellas, con lo mismo pero diferente. 
Miré a mi padre sin comprender. Y luego a Aria que claramente estaba aguantando un ataque de risa. 
¿Dafne era "hippie"?
-Bueno, ahora que lo has visto ya nos podemos poner a trabajar. - soltó ella- Colocaremos la casa en modo Feng Shui. 
Volví mi vista hacía mi padre con incredulidad.
¿Modo Feng Shui?
Si quiera sabía que era eso, y mucho menos mi padre. Nunca había creido en cosas como el espirituismo, o la meditación. 
¿Y ahora quería hacer , sea lo que fuere, Feng Shui?
-Claro- contestó él ante mis ojos excépticos. 
Definitivamente, le había dado demasiado el sol, poco probable ya que estábamos practicamente en invierno, o se estaba acabando el mundo. 
Seguramente la segunda. Esperé con tranquilidad la grieta que tragaría mi casa. No ocurrió. 
Arqueé la ceja , mientras mi padre y Dafne se iban a la cocina para hacer el Feng Shui en ella.
-Acostúmbrate- dijo ella con esa voz, que me parecía tan calmada. La miré directamente, ahora en esos ojos que solían ser fríos, había aparecido una chispa de diversión. -Estaba tardando en hacerlo. 
Esquivando bolsas,cruzó el pasillo y subió lentamente las escaleras, mientras yo admiraba su melena castaña balancearse de un lado hacía otro, y sus curvas, que con la ropa que la había llevado Dafne, que ella no solía acostumbrar a poner, se marcaban claramente, y esas piernas largas y esbeltas, para dejar paso a su culo que...
No. 
¡Despierta!
Me grité a mi mismo. Giré la cabeza abruptamente hacía otro lado. 
Necesitaba que esa chica siempre pareciese una sudadera andante, porque si no, no me iba a poder controlar. Pero nada. 
Decidí subir detrás ella, mirando atentamente los escalones que en ese momento me parecían muy interesantes. 
-Ryan...- la leve mención de mi nombre hizo que levantara la cabeza, y más si había sido ella quién lo había pronunciado. 
La vi tambalearse ya arriba de todo de las escaleras. Sin pensarlo, subí de dos en dos los escalones que me alejaban de Aria y me acerqué a ella. Sujetándola.
La rodeé con mis brazos, notando su cuerpo contra el mío. Me tuve que esforzar para pensar y ocupar mi cabeza con otra cosa. 
El médico nos había advertido de ello. Era muy probable que en los siguientes días pudiera sufrir desmayos como secuela del tiempo en coma que había sufrido. Este parecía uno de ellos. 
Noté como sus piernas flojeaban, y aumenté la fuerza de mi agarre. Era la primera vez que la tocaba de ese modo. 
-Ey, ey...- la llamé yo mientras la giraba hacía mí, sus ojos algo entrecerrados, y con la respiración pesada. 
Mierda. 
Tenía que tumbarla. 
La agarré por la cintura con fuerza. 
No sabía demasiado bien, si tendría la suficiente fuerza como para llevarla a volandas. 
Inconscientemente ella apoyó su cara en mi cuello. Y esa sensación fue maravillosa. 
Esos labios rojos y entreabiertos me dejaban ir más allá de la imaginación y cortar mi respiración, y solo quería cogerla en ese mismo momento y juntar mis labios con los suyos, besarla, saber lo suaves que eran y como sabían, y...
Se había desmayado definitivamente. Y necesitaba ayuda. 
Me armé de valor, y contando hasta tres alcé sus piernas mientras la ponía entre mis brazos. 
.......................................................
Aria.
"- ¡Aria! ¡Aria Wilson!- un chico me llamó a mis espaldas. 
Me giré lentamente, oyendo sus pasos dirección mía, corriendo. No me apetecía ver a nadie. 
Se plantó delante de mí. 
Era un chico guapo, casi de mi misma edad, quizás algo más mayor. Rubio, y con unos hipnotizantes ojos oscuros y negros. 
La sangre se me heló aunque no lo demostrara. 
Aunque habían pasado ya un par de años, le hubiera reconocido en cualquier lugar y en cualquier momento. 
-¡Aria! ¿Eres Aria Wilson verdad?- me preguntó emocionado aquel chico. Tragué saliva. 
Ahora todo comenzaba. 
Asentí con indiferencia. Pero él no dejó de sonreír de esa manera en la que yo tanto había pensado esos años. 
-¡Nunca me hubiera imaginado encontrarte aquí! ¡En casa de Brian!- gritó él todavía más feliz, refiriendose a la casa de acogida en dónde nos encontrábamos.- Te había echado tanto de menos, después de casi tres años de nuevo jun...
-¿Quién eres?- odié hacerle esa pregunta. Vi claramente como su cara pasaba de felicidad a tristeza. Me rompió el corazón. Pero no podía ser tan sentimental, no. Ya no era la misma. Ya no. 
-¿No te acuerdas de mí?- preguntó él, esta vez ya sin rastro de su anterior emoción. Negué con la cabeza. -Soy yo, Joey. 
-¿Joey?- él pareció esperanzado, esperando a que gritara que ya le recordaba y que me lanzara sobre él como hacía de pequeña. Eso no ocurrió. - No conozco a ningún Joey. 
Su rostro pasó a horror y desconcierto. 
-¿Qué? Soy Joey, tu mejor amigo. De la casa de la señora Promey. 
Volví a negar con la cabeza. 
-No sé de que hablas. 
Él arqueó su ceja derecha como hacía de pequeño. 
-Es una broma ¿Verdad?- contestó él, algo molesto. 
Sacudí la cabeza, mientras le enviaba la mirada más fría y despreciable de todas. 
-Chico, no conozco a ningún Joey del orfanato de Promey, y mucho menos lo quiero cerca. ¿Entendido?- hablé tanjantemente, y me giré para comenzar a andar de nuevo.
No quería ver la cara de dolor que debía tener ahora mismo, porque si lo hacía sabía que me derrumbaría en aquel instante. 
No era la misma Aria del pasado, y por muy doloroso y costoso que fuera, no quería tener ninguna relación con él. 
Vi por última vez la silueta de Joey, parado en el pasillo, sin saber que hacer, sabiendo al igual que yo, que aquello que habíamos tenido en el pasado había terminado, y que nunca volvería.
Ahora era Aria Wilson. Una Aria muy diferente."
No me atreví a abrir los ojos. 
Ese momento, había sido posiblemente el más doloroso de mi vida, despedirme de Joey. 
Hacerle creer que no me acordaba de él, de mi mejor amigo, de mi único e importanye apoyo en aquel maldito orfanato.
Aquel día, fue el último en que tuve un amigo. No volví a hablar con él, nunca más.
Días después, recuerdo que Brian nos dijo que le habían adoptado de nuevo. Eso era algo extraño ya que era muy mayor, catorce años, y la gente que solía adoptar iban a por niños pequeños sobretodo. Nunca iba a olvidar ese hueco que se formó en mí cuando lo dijo. 
Supe que nunca más le volvería a ver. Y así fue.
Sentí la respiración de alguien más, cerca de mí. 
Intrigada y nerviosa, entreabrí los ojos. 
Su cara estaba muy cerca de mí. Demasiado. 
Ryan estaba a mi lado, dormido. 
Tenía puesto un brazo sobre mi cadera, rodeándola, y sus labios estaban muy cerca de los míos, tanto que nuestras narices se tocaban. 
Una de mis piernas estaba encima de la suya, y mi mano en su pecho. 
Rapidamente, me aparté de allí, aturdida. 
¿Qué hacía tan cerca de él?
Me incorporé en la cama. Con los ojos abiertos de par en par. Notaba una extraña calidez en donde había estado su brazo apoyado. Y no se había sentido mal. Casi, como si me estuviera protegiendo, y eso de algún modo me hacía sentir una tranquilidad que jamás nadie había conseguido.
¿Qué? ¿En qué estaba pensando?
Le zarandeé bruscamente, algo enfadada por esas emociones. 
Ryan, soltó un ligero bostezo, y se movió hasta quedar mirando al techo. 
Le moví de nuevo. 
Soltó un gruñido molesto, y puso una mano en sus ojos. La luz de la habitación estaba encendida. 
Y observé mi alrededor. 
Su habitación. 
¿Qué hacía yo en su habitación? ¿En su cama?
-¿Por qué estoy en tu habitación?- exigí saber, mientras le golpeaba en el brazo fuertemente. Ryan, de nuevo soltó un gruñido, y abriendo los ojos me miró. 
-Buenos días a ti también.- Saludó perezosamente, a continuación abriendo su boca para otro bostezo.
-¿Por qué estoy en tu habitación?- olvidé completamente el mostrarme fría, solo confusa. 
Sus ojos marrones chocolate, se posaron en mi con interés.
-Te desmayaste. Te tuve que coger, y como pesas, y mi habitación estaba más cerca que la tuya te metí aquí. - me contestó pasándose una mano por el pelo, peinándolo. 
¿Cuándo había ocurrido eso?
Me dolía la cabeza, el doctor me había dicho que era probable que me ocurriera aquello, aunque sinceramente no le había tomado demasiado en serio. Apartir de ahora, le atendería mejor. 
Eché una ojeada al cuarto de Ryan, mientras este se levantaba de la cama. Era cierto que había pasado una vez, pero en ese momento precisamente es su habitación no me fijé. Pero por lo que veía, era mucho más diferente de lo que imaginaba. 
El ambiente que desprendía su cuarto, en el que misteriosamente había libros, no concordaba con él. En absoluto.
-No había dormido tan bien desde hacía tiempo- comentó Ryan, lo que me hizo acordarme de su presencia. Le miré,y quedé estupefacta cuándo me di cuenta de que se acababa de quitar la camiseta, y se estaba sentando en la silla de su escritorio. 
Nunca había visto un torso así, moreno, y fuerte, se le marcaban perfectamente cada uno de los abdominales. 
Respiré fuertemente. 
La siguiente frase que dijo fue la que colmó el vaso. 
-Sabes, es la primera vez que con una chica en mi cama, solo...Duermo. 
...........................................
Ryan.
Tenía que probar aquella táctica. Sabía que funcionaría, y así lo hizo. 
Fue solo terminar aquella oración para que un leve rumor apareciese en sus mejillas, cosa que me encantó, haciéndola casi adorable. 
Repentinamente me entraron unas tremendas ganas de abrazarla, pero me mantuve en la silla, pareciendo tranquilo. 
Sabía que el verme durmiendo junto a ella, le había puesto nerviosa, y ahora todavía más, cuándo me había quitado la camiseta para presumir de mi cuerpo. 
Tecnicamente no todo tenía que haber salido así, no tenía planeado el quedarme dormido al lado suya. Solo la tumbé cuándo llegué, y me puse a su lado esperando a que despertara mientras la observaba detenidamente, pero había tardado más de lo que pensaba y al final había caído ante el sueño.
Suspiré. 
En parte aquello había sido algo bueno, había echo que mi plan fuera el doble de efectivo. 
Solo quería conseguir ruborizarla, y lo había echo. 
Desde el momento en que ella había despertado del coma muchas cosas me habían pasado por la cabeza y tenía muy clara una de ella, y que posiblemente fuera una locura. 
Ella me atraía de una forma completamente distinta que las demás. 
La deseaba. 
E iba a hacer que ella fuera mía, de cualquier manera. 
Aria no se podría resistir a mis encantos, a mi tono seductor y mi coqueteo, a mí.
Haría todo lo posible para que ella cayera rendida a mis pies, pasara lo que pasara. Nadie podía contra mí, al final acabaría rindiéndose. 
Ahora todo comenzaba. 
Solo podía pensar en eso, y en mi mente me disculpé con mi padre.
Lo siento papá.
Pero los juramentos, están para romperlos. 

Capítulo 20: Paredes blancas.

Débora.

Los hospitales nunca me han gustado. Desde pequeña siempre les he tenido fobia a eso de que los médicos lleven batas blancas y vayan pinchando con jeringuillas. 
Me ponía los pelos de punta. 
Tampoco soportaba ese olor característico que tiene un hospital, ese que no se puede calificar en nada, ni si quiera describir. Solo que cuándo lo hueles, lo reconoces. 
Pocas veces iba yo a un hospital, si no lo consideraba muy urgente, me quedaba en casa. 
Pero esta vez, si que era urgente. O al menos para mí. 
Marcus, me abrazaba por los hombros. Él, también estaba preocupado. 
Era cierto, que yo solo la conocía de dos días, pero habíamos hablado tanto como en varios meses. Coincidíamos en tantas cosas, que yo, posiblemente, la consideraba mi mejor amiga. 
Y mi hermano, a mi hermano le ocurría algo raro. 
Desde el día que vio a Aria no paró de sonreír, y hablar de ella. Que qué buena chica, que cómo la había conocido, y otras cosas, con las que me estuvo interrogando. Y más tarde mi madre, se unió a él. 
Yo, conocía perfectamente a mi hermanito mayor, y estaba empezando a sospechar algo, que no estaba segura de que si me gustaba. ¡Solo se conocían de un día! ¡De menos de un minuto!
Pero ahora, ella estaba aquí, y nosotros también. 
Queríamos verla. 
La había llamado hacía dos días a su móvil, por si quería quedar de nuevo, tenía la esperanza de que no se hubiera aburrido de mí, y me lo cogió su madre. 
Dafne. 
Me contó todo lo que había pasado, mientras las dos a cada lado del teléfono llorábamos. 
No sé, como esa chica había echo para que la cogiera tanto aprecio, pero me sentía yo cuándo estaba con ella. 
La daba igual que tartamudeara, que fuera torpe y tímida. ¡La daba igual!
Y ahora era posible que nunca más la volviéramos hablar. La única persona fuera de mi familia que me escuchaba, aparte de Drew. 
Encontramos la habitación, con el número 416, remarcado en su puerta blanca. 
Respiré hondo, mientras miraba a mi hermano. Estaba tan pálido como yo. 
Cojí el peluche que la había comprado como regalo entre mis manos, y apretándolo con una fuerza llena de angustia esperé, después de que mi hermano llamara a la puerta, a que nos abrieran. 
Así fue. 
Un hombre mayor, con el pelo canoso y con un muy buen porte nos abrió, dedicándonos una sonrisa triste. 
Se podían ver a primera vista, sus ojos rojos, y cansados, con algo de ojeras. No había dormido. 
Entramos en silencio, dando asentimientos de cabeza como saludo, a Dafne y al chico que estaba en la otra esquina de la habitación con la cabeza tapada con sus manos, y apoyado en sus rodillas. 
Parecía destrozado, y Dafne también, su pelo rubio estaba despeinado, su ojos muy rojos al igual que su cara, seguramente de llorar. 
Oí el pequeño grito ahogado de mi hermano y como se le cortaba la respiración. 
Miré hacía Aria. 
Allí, tumbada en la cama, tan tranquila y blanca como un ángel. Sus labios algo morados, y su tez blanquecina, de un color poco sano. Los mechones marrones de su pelo la caían sobre los hombros, y ese flequillo hacía un lado tan curioso que tenía, estaba despejado hacía un lado, dejando a la vista su rostro. 
Contuve las lágrimas, mientras mis ojos escocían. Realmente la imagen daba impresión. 
Pensar que podía quedarse así, para siempre, sumergida en un sueño eterno, solo hacía que se me erizara los pelos de la piel. 
Ella iba a salir de eso. 
Por lo poco que la conocía sabía de su gran fuerza de voluntad, se lo noté a leguas, el primer día que la vi. 
Tan diferente a mí, pero tan parecidas. 
Esa era la clave.
El ultra conocido Ryan James, se levantó en aquel instante. Su rostro bello que había veí muchas veces por el pueblo, estaba apagado, sin color, sin ese brillo que le hacía tan especial. Seguía guapo, pero había algo en él, distinto. 
Nos echó una mirada ligera, asintió con la cabeza como había echo yo hacía unos momentos y salió silenciosamente de allí. 
............................................
Ryan.
Ya había pasado una semana. 
Y ella no despertaba. 
Todos los médicos, inlcuso nosotros, estábamos perdiendo la esperanza de que lo hiciera. Hoy y mañana eran los días claves, para que pudiera despertar, pero no había ningún síntoma de que lo fuera a hacer.
Ningún movimiento, sonido, racción mínima a lo que la decíamos. Nada.
Y ello me estaba desesperando. Porque pensaba que el destino me estaba jugando una buena pasada, primero con mi madre y ahora con Aria. 
Me apoyé en la pared del pasillo, y respiré hondo. 
Mierda de vida.
..........................................
Aria.
Decidido, creo que quiero salir de aquí. 
La tranquilidad suprema que hay me agobia, demasiado todo. 
Grité lo más alto posible. 
¿Por qué nadie me escuchaba?
Comencé a andar hacía la niebla, pero lo único que hacía era volver a ese estúpido claro una y otra vez. 
¿Por qué no podía salir de aquel lugar?
Comencé a asustarme. Quería irme. Por primera vez, quería vivir y no morir. 
Quería tener a Dafne junto a mí, con Henry, viéndolos sonreír enamorados, incluso a Ryan, aunque me ignorase. 
Quería volver a mi vida normal, cotidiana. 
Y ahí, en ese momento me di cuenta de cuál era el problema. 
El motivo de porque nunca podría salir de ese páramo. Ese motivo que me haría quedarme allí para siempre. 
Yo, si volvía, no sería a mi vida normal.
.................................................................
Ryan. 
Fui a la cafetería del hospital necesitaba un café, algo que me despertara. Estaba echo un desastre. Y  la gente comenzaba a darse cuenta. 
Incluso Mason, había desistido en preguntarme al verme así, si no se lo había contado era por algo grave, pero todos queríamos mantenerlo en secreto lo más posible. 
No queríamos conmociones, ni estúpidos periodistas para que hicieran un reportaje de tres al cuarto en el periódico del pueblo.
"La familia James imanes de las tragedias"
Sabía perfectamente que ese sería el título del reportaje, cuándo mi madre murió hicieron uno igual, los muy hipócritas.
"Julle James se suicida intentándose llevar a su hijo con ella, interponiéndose en el trayecto de un camión cisterna que pasaba por allí. Nuestras fuentes más fiables, creen que este suicidio se debió a los problemas del matrimonio, y el posible maltrato por parte del tan conocido Henry James, director de las empresas JyF, causaba sobre ellos, y la mujer desesperada decidió que era mejor para su hijo y ella morir, antes que soportar otro día más bajo el mismo techo que el empresario. Muchos vecinos aseguran haber visto en los últimos meses grandes discursiones entre ellos, y actitudes extrañas por parte de Julle James. Por suerte, o por desgracia, su hijo sobrevivió al accidente de su mismo día de cumpleaños, y de momento quedará en manos de ese maltratador. Desde aquí pedimos, que este caso se lleve a los tribunales."
Así comenzaba el artículo, y seguía con muchas más blasfemias y mentiras, todo por la atención y el morbo que producía en sus lectores. 
¿Cómo podían creer que mi madre se quería suicidar?
¿Y qué mi padre la pegaba? 
Si para él, ella era lo más querido en este mundo. La amaba como ninguno otro. 
Aquel maldito artículo solo valió para ensuciar la imagen de mi padre, bajar el rendimiento de sus empresas, y hacerle sufrir todavía más. 
Y, no. No estábamos dispuestos a que saliera algo como eso, otra vez no. Ya me empezaba a imaginar el comienzo.
"Después de la muerte de su madre, Ryan James ha vivido con su maltratador padre, pero parece que eso de la violencia se lleva en la sangre. Hace poco este mismo hombre se casó con una desafortunada mujer, la que tenía una hija de casi la misma edad que el pequeño Ryan. Parece ser, que después de una gran discursión entre estos hermanos, Ryan empujó a su hermanastra por las escaleras, dejándola así en un estado de coma. Desde aquí pedimos que se tomen urgentes medidas por estos dos sujetos, ya que parece ser que la familia James es solo un peligro más para nuestra sociedad..."
Reí con amargura, quién escribiera eso, debía tener una imaginación espléndida como para inventarse una historia así. 
Estaba sentado en la mesa más cercana a las ventanas observando el desapacble tiempo cuándo entraron. 
Débora, la chica de la hamburguesería y la que parecía, nueva amiga de Aria. Y su, el que supongo por el parecido entre ambos, su hermano. 
El mismo chico que le había dado la sonrisa coqueta a Aria aquella tarde de sábado, antes de que todo pasara. 
En gran parte era indirectamente, por culpa suya que todo esto pasara. Si no la hubiera sonreído, no hubiera llamado a Jenn, si no hubiera estado con Jenn, habría echo caso a Aria y no se habría caído por las escaleras. 
Y todo ¿Por qué? 
¿Una maldita sonrisa?
No. Había mucho más. Algo más profundo que ese simple gesto. Era que ella, aunque no de la misma manera, también le había sonreído. Y a mí, nunca. Anhelaba una sonrisa suya, quería una. Mi padre había tenido, Dafne también, y aunque la noche en que salímos todos a cenar estuvo sonriendo y riendo, ninguna fue dirigida hacía mí. Solo en general. 
Eran celos. ¡Estúpidos y asquerosos celos!
¿De qué?
De que le sonriese a un chico que conocía de menos de una hora, y a mi no. Sencillamente eso. 
Lo peor es que creía saber el motivo de los celos. Y eso era imposible. 
Yo no era un chico de ese tipo. Yo nunca me "pillaba" por alguien. Solo ocurrió una vez con Marie, y solo me utilizó. Además, era más joven, y no sabía lo que sentía. 
Pero ahora...
Tenía que ser atracción física. Además con todas las emocuones fuertes que estaba viviendo estos últimos días, estaba muy alterado. No pensaba con claridad, pero ahora sí. Con la mente fría.
Solo atracción.
Estaba seguro, ¿No?
Débora fue la primera en verme, y guiando a su hermano se acercó a mí. 
-Ho-hola- tartamudeó ella. De algún modo la hacía verse bonita. 
-Claro.- intenté ser amable con ella. Tenía muy claro una cosa:
No caerle mal a la mejor amiga de tu hermana, hermanastra o lo que fuera. 
Ella asintió, y se sentó en frente mía, su hermano le siguió sentándose al aldo suya. 
-Marcus- me dijo este, algo ¿Resentido?
Pero era cierto que a mi él tampoco me agradaba demasiado. Supongo que las impresiones a primera vista son importantes, y parecía ser que ninguno de los dos había cogido una buena del otro. Asentí. 
-Ryan.- me presenté yo. Él alzó la mano entre la mesa, y yo hice la misma, estrechándola. 
Me apretó fuertemente, demasiado. 
Eso era una señal. Una señal muy clara. 
No me quería allí, yo pensaba lo mismo de él. 
Apreté fuertemente también. 
Marcus me sonrió educadamente, aunque a leguas podía notarse que era un falso respeto. Esta vez yo me mantuve serio, no tenía animos si quiera para fingir una sonrisa. 
Además, había algo en él, que no me gustaba.
Quizás era ese aura que decía claramente: "Voy a hacer todo lo necesario apra conseguir lo que quiera"
Este tío, tenía la premonición de que me traería problemas. Nos miramos fijamente. 
-¿Eres el hermanastro de Aria, no?- preguntó tímidamente Débora, lo que hizo que nuestra guerra de miraditas terminara, y soltasemos nuestras manos que habían estado apretadas a presión hasta ese momento.
-Sí- contesté yo, sonó algo seco aunque no lo pretendiera. Ella me dio una leve sonrisa tierna como dandome ánimos, lo que hizo que al igual que le ocurría a Dave, se le dibujaran dos graciosos hoyuelos en las mejillas. 
El ambiente quedó en silencio. Silencio que en parte, no me incomodó. 
Apoyé mi cabeza en el frío cristal de la ventana, y me permití volver al flujo de mi pensamientos, aún sintiendo así, la pétrea mirada de Marcus.
Di un sorbo a mi café. 
Luego subiría a ver a Aria. 
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Marcus.
No me gusta. 
Con esos aires de superioridad que tiene, y el ser tan engreído.
El tan conocido rompecorazones Ryan James. 
Aún recuerdo a Joanna llorando en mi pecho, cuándo después de pasar una noche con él, la dejó allí tirada, sola, se marchó de su habitación sin decirla nada, ni un misero "Ya te llamaré".
¿Cómo podía jugar así con los sentimientos de los demás?
Y ahora lo tenía en frente. Además era el hermanastro de Aria, esa chica. Tan diferente y extraña, que me empezaba a cautivar. 
Cuándo llegase, seguría con mi cuadro. De ella. 
Era mi musa.
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Aria.
 Sé que quiero salir de aquí. Ya lo tengo completamente claro. 
Necesito ver a Dafne, a la gente. 
Pero también soy consciente de que si me marchó, es porque la vida me esta dando una verdadera oportunidad para rehacer mi vida. 
No puedo volver a ser la misma de antes, que no tiene ganas de seguir viviendo un día tras otro, monótona. 
 Debía aclararme, irme de allí y volver conllevaba una gran decisión. 
El luchar. 
Luchar por mi felicidad. ¿Lo haría?
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Ryan. 
 La sala está sola. Solo estoy yo con ella, y el rugir del viento en el exterior.
Sigue blanca, pálida. 
Y no puedo parar de arrepentirme del momento en que dije "Piérdete"
Una y otra vez, en mi cabeza, martilleándome. Y el sentimiento de culpa está empezando a reconcomerme. No lo soporto. 
Así que asegurándome que no hay nadie alrededor que pueda llamarme loco, comienzo a hablarla.

Capítulo 19: Lo que pasa cuándo tú no estás.

Aria. 

Me siento ligera. Como  nunca me había sentido, y esa sensación nueva es tan placentera. No sientes nada de ti.
Oigo mis pensamientos resonar como un eco rebotando de un lugar a otro, y antes que sonar irritante, es muy relajante. 
Solo me dan ganas de quedarme allí, eternamente. Cerrar los ojos y dejarme llevar por la corriente del sueño. 
No sé que me pasa. Pero extrañamente me siento, bien. Como si todas esas preocupaciones que tenía hubieran desaparecido. 
¿Qué preocupaciones?
Me sentía libre. Por una vez, podía a ponerme a gritar ahí mismo y nadie me diría nada. Nunca. 
¿Nadie?
¿Por qué estaba yo sola?
Miré a mi alrededor todo blanco. Intenté enfocar para ver el final de aquel lugar, pero solo lo rodeaba una neblina densa, comencé a andar. 
¿Dónde estaba todo el mundo?
¡Dafne!
Grité, no hubo respuesta, esta vez el eco me adormeció. 
¿Qué más daba dónde estaban?
Yo estaba aquí. Y era feliz. Sola. 
Podía quedarme allí todo lo que quisiera, nadie, estaba segura, me lo impediría. 
..................................................................
Dafne.
Henry me abrazaba fuertemente, para él también estaba siendo duro. 
Su mujer y su hijo habían pasado por aquello, durante meses, no me quería imaginar la agonía que fue para él. 
Su abrazo prometía esperanza, y yo sabía, no tenía que desfallecer.
Habían pasado ya tres días desde aquel momento en el que Ryan nos había llamado contándonos todo. Tal y como dijeron los doctores, Aria al no despertarse en las primeras veinticuatro horas, cayó en el coma. 
No saben cuánto tiempo. 
Dicen que sus constantes vitales son estables, que no hay ningún cambio. 
Y yo no puedo parar de llorar. 
Sé que no es mi hija. Sé que para ella, yo no soy su madre, si no con alguien que quedarse hasta los dieciocho. También soy consciente de que apenas nos conocemos de tres años, y que estoy enterada de menos de la mitad de su pasado. 
Pero la quiero. 
Porque yo la considero mi vida, mi verdadera hija. 
Haría todo lo que pudiera para que la que estuviera en esa cama fuera yo, rotandonos de posiciones, y ella aquí despierta. 
Cogí su mano, helada. Como siempre las tenía. La acurruqué entre las mías, mientras la daba un beso en su mejilla. 
A ella nunca le había gustado las muestras de cariño. Ni besos, ni abrazos, ni nada por el estilo. 
Supongo que era algo de su pasado, que en algún momento, y cuándo estuviese preparada, me contaría. 
Ryan, entró en ese momento. Ojeroso. Me alegré de verle ahí. 
Se preocupaba por Aria, casi más que los demás. Había pasado aquí estas cuatro noches, cuidandola cada minuto, esperando una reacción esperanzadora que indicara que se podía despertar, cosa que no ocurrió. 
Abrí y cerré los ojos. 
Aria no lloraría en momentos así. Me debía mantener fuerte, como ella. 
Al fin y al cabo, aquí, yo era la madre. 
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Ryan.
Este día, podía haber sido un día normal, de mi antigua vida.
En la que no estaban ni Dafne, ni Aria. Solo mi padre y yo. 
Había ido al instituto, atendido en clase, y hablado con mis amigos. 
De esas tres cosas solo una era verdad, la primera, mi padre me había obligado. Allí apenas crucé palabras con nadie, aparte que con Jenn. Ni si quiera Mason, que me estuvo preguntando. 
No quería decirlo. Porque sabía que si lo decía me derrumbaría ahí. 
Yo había tenido, de nuevo, la culpa. 
Y ahora estaba ahí, observándola en esa cama de hospital entre paredes blancas, como las que un día vi cuándo yo desperté de ese mismo sueño.  Solo esperaba que ella también las pudiera ver. 
Llevaba tres días sintiendo la necesidad imperiosa de ver sus ojos, de ese color tan curioso, como me gustaba a mi llamarlo, color verde militar. 
Incluso de ver sus ropas, que la hacían parecer una sudadera andante. 
Solo deseé que se pusiera bien, y que no me hiciera lo mismo que mi madre. 
Y en ese momento, una pregunta peligrosa, y mucho peor que todas las demás me rondaba la cabeza, llevaba cuatro noches rondandome la cabeza. 
¿Cómo había empezado a sentir cosas tan fuertes por Aria?
No tenía respuesta, y sabía una, pero era mejor no decirla, porque era imposible. 
La conocía de una semana y poco más, solo habíamos cruzado apenas dos palabras, y todas ellas cortantes o hirientes. 
Ryan. 
Me llamé a mi mismo. 
¿Qué te está pasando?
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Clay. 
El ambiente estaba extraño. Llevaba extraño desde que comenzó la semana. 
Y lo peor, no sé porqué. 
112...
Desde el lunes a Ryan le ocurre algo raro, está callado, y no habla con nosotros. Y eso, precisamente en Ryan, es muy raro. Si no fuera porque es un tío, le preguntaría si está embarazado. 
113...
Mason, piensa igual que yo. Hoy no paró de dar vueltas al asunto cuándo Ryan se marchó de la mesa de la cafetería sin probar bocado y sin soltar ninguna palabra, dejándonos a los tres atónitos. Y Mason, creo que sé lo que le pasa a Mason, no soy tonto. Puedo parecerlo ya que tengo la imagen de tonto del grupo, con mis juegos de seducción y que mis notas brillantes, brillantes como las de ellos no son. Pero no me queda ninguna, y eso en un segundo de bachiller. ¿Hola? ¡Soy un genio!
114...
  Y Dave, dios, no para de babear por Melodie. Ahora que Ryan está ausente no se preocupa en ocultar que se siente atraido, y mucho más por ella. Y encima se la come con la mirada delante de mí, cosa que es bastante asquerosa.
Primero, porqué estoy yo delante.
Segundo, porqué mi amigo está mirando a la novia de mi otro amigo. 
Y tercero, porqué veo como Melodie también le mira a él, aún estando con Ryan. 
Sinceramente no me gusta nada como se está poniendo todo. 
115...
Mi vida ya se está convirtiendo en bastante mierda ultimamente, como para que lo único que me saca de ella, mis amigos, se estropeé. 
No. No. Y no. 
No estoy dispuesto a que eso pase. 
116...
Al menos él, no está esta semana. Se ha quedado en alguna ciudad perdida del mundo teniendo una "reunión de empreseraios", o vamos, lo que es lo mismo, engañando a mi madre con otra. 
Pero es casi mejor. Quiero que a mi madre se le abran de una vez los ojos y vea la realidad, que se divorcie de él, y lo denuncie. 
Pero ella dice que es normal, lo tiene tan idolatrado. No me deja si quiera tocarle un pelo, ni si quiera denunciarlo. 
Ella piensa que aunque mi padre le es infiel, aún la quiere. 
Ella realmente cree que mi padre esta en una reunión de negocios. 
Y si, para ella, el maltrato que sufrimos, es una cosa normal. 
117...
Estas últimas semanas viene muy enfadado a casa, cuándo ocurre eso, lo mejor es esconderse en algún lugar hasta que se haya marchado. 
Eso hacía cuándo era pequeño.
118...
Intentó pegar a mi madre, yo me puse entre ellos dos, como siempre hago. 
El maldito cinturón que usaba me dio en los brazos y el costado, latigazos fuertes pero cuidadosos, nada de heridas profundas. Sospecharían.
Mi padre era un cobarde, no usaba ni su propio cuerpo para pegarme. 
119...
Pero no estaba allí, en esa casa dejándome maltratar solo porque quería. 
Acababa de cumplir la mayoría de edad, podía irme de allí en cualquier momento. 
120...
Pero no abandonaría a mi madre. Aunque estuviese cegada. 
Los dos sabíamos perfectamente, que aquella casa y todo lo que teníamos era gracias al dinero de mi padre, si nos marchasemos ahora, no tendríamos nada. O eso cree él. 
Llevo años ahorrando. 
Trabajos de todo, vendiendo cosas, con apuestas y haciendo carreras ilegares con mi moto. 
Era un buen conductor, y debía aprovecharlo. Además las motos era mi pasión, mi verdadero mundo. Llevaba conduciéndolas desde los catorce, en la época en la que conocí a Ryan y Mason. 
121...
Tengo dinero, bastante dinero. 
Esperaría unos meses más, y luego me iría, con mi madre. Aunque no quisiera. 
122...
Y le denunciaría. 
123...
No le vería jamás. 
124...
Y todos los días pensaría en que se estaría pudriendo en la cárcel, entre barrotes, dónde siempre tuvo que estar. 
125...
Respiré. 
El sudor corría por mi cara, mientras me tumbaba en el suelo descansando.
Solo había conseguido hacer 125 flexiones. Me había costado muchísimo, tenía los brazos fatal y doloridos. Malditos brazos. Maldito todo. 
Me levanté de un salto, cogiendo mi camisa que había dejado tirada en la cama, y me observé en el espejo. 
Estaba fuerte. Y atractivo. Tenía un cuerpazo. 
Si no fuera por esos malditos cardenales morados y negros en él. 
Fui hacía la ducha. 
Necesitaba el agua fría para despejarme. 
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Aria.
Esto ya no era tan bueno, como en un principio. 
Yo era una chica solitaria, me gustaba el silencio, pero ahí había tanto que me producía dolor de cabeza. 
Necesitaba ver a alguien. 
Que me hablara o que me insultara. O que solo me ignorara como hacía Ryan. 
Pero sentir su presencia. 
Deseé que Ryan estuviera allí. 
¿Por qué?
Era la primera persona en la que había pensado en ese momento.
Volví a dar vueltas en círculos. 
Quería salir de allí. Pero, ¿Por qué?
Nunca había tenido esa tranquilidad en ningún sitio. 
Estaba confundida, y contradiciéndome. ¿Qué me estaba pasando?
Entonces las fotos me inundaron. Grandes, como si se estuvieran reflejando en esa niebla. Cada una mostrando a alguien diferente de quién había en la anterior. 
William. 
Ethan. 
Joey.
Débora.
Dafne. 
Henry. 
Ryan. 
Lo supe en seguida. 
Esos eran mis siete motivos para salir de ahí.
Cada uno para una cosa distinta. ¿Para cuál?
Eso ya era un misterio.